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No constituye una mera abstracción o una construcción sociológica colocar a la naturaleza en la férrea dicotomía: pobreza versus riqueza, pues tanto la pobreza extrema como el poder económico sin freno son los más peligrosos, sino los únicos causantes del deterioro ambiental y la destrucción acelerada de la biodiversidad.
En Misiones, salvo muy honrosas excepciones la conducta depredatoria de los recursos naturales es la regla, especialmente si se trata de la explotación de nuestra selva, por la actividad de madereros ilegales, obrajeros inconscientes, campesinos famélicos y sin ninguna instrucción, intrusos desaprensivos, cazadores furtivos, empresarios agresivos, debilitamiento de controles institucionales, etcétera, que producen la disminución imparable de la selva misionera, con distintos propósitos y grados de responsabilidad o causales de justificación: algunos para cambiar la 4 x 4 otros para no morir de hambre, en un país que produce alimentos para 250 millones de personas. La pobreza siempre fue y será una cuestión de justicia.
La provincia de Misiones enfrenta así, el desafío de generar, en un difícil contexto económico, político y social, condiciones institucionales y económicas que eleven la conciencia ambiental de la sociedad y de su clase dirigente, y genere políticas de equilibrio para compatibilizar el afán de lucro y la satisfacción de las necesidades más elementales, con la protección de la fuente de ambas cosas, revirtiendo una tendencia histórica que provocará su virtual desaparición.
Cooperación externa
La cooperación internacional, principalmente de Gran Bretaña y Francia con la provincia de Misiones, aparecen como incipientes pero auspiciosos intentos que permitirán comenzar a transitar el camino correcto. Pues para lograr la racionalidad económica y el cuidado del ambiente al tiempo que se combate la pobreza, se necesitan recursos financieros y asistencia técnica: contando desde el exterior con ambas herramientas queda mucho más expuesta la pusilánime excusa de “falta de medios” que la mayoría de las veces no es más que falta de voluntad. Sólo restaría muestras claras de voluntad política desde la máxima instancia dirigencial, pues Misiones cuenta de sobra con naturalistas y organizaciones no gubernamentales, entidades académicas, con entusiasmo, conciencia y capacidad, pero sin dinero. Deberíamos inspirarnos en nuestros guardaparques, que cuando no tienen alambre utilizan los cordones de sus borceguíes y cuando les falta pala cavan con el machete o con las manos.
Sin embargo, los recursos financieros pueden correr, como ha ocurrido muchas veces en los últimos años, la misma suerte de nuestros árboles, esfumarse y perderse en medio de la noche y la niebla, de manera que las cosas, además de hacerlas, parafraseando a Sarmiento, hay que hacerlas bien.
Experiencias y fracasos en diversas regiones del mundo demuestran que implantar el desarrollo sustentable es un proceso muy complejo, que exige modificar conductas arraigadas de los actores sociales, incluido el sector público y privado y modificar los paradigmas de desarrollo obsoletos y desquiciados a que aún se aferra la mentalidad decimonónica del progreso: luz de neón, cemento, hierro, plástico, humo y basura. En vez de “progresar” que sólo es avanzar, ir más lejos, debemos “desarrollarnos” es decir mejorar la calidad y condiciones de vida cualitativamente. Ello sólo es posible haciendo compatible nuestro bienestar con la preservación de la naturaleza.
Albert Einstein decía: ”El universo no es infinito, se puede medir. Lo único verdaderamente inconmensurable e infinito es la estupidez humana” ¿Cómo negarle razón? cuando vemos lo que hacemos con el agua, el aire, los animales y el bosque... y nosotros mismos...si pensamos en Irak.
Los organismos que proveen recursos para proyectos de preservación y desarrollo sustentable abandonaron hace tiempo el planteo tradicional, basado en consultorías que elaboraban un plan maestro llave en mano, por otros enfoques que privilegian la participación precisamente de quienes deben modificar su conducta. El desarrollo sustentable participativo es un proceso que genera recursos y oportunidades crecientes.
Llevar este enfoque a la práctica exige modificar enfoques enquistados en la administración pública, tema sobre el que mucho se habla en estos tiempos, pero plantea también exigencias a los actores de la sociedad civil, especialmente al sector privado. Su participación requiere cambiar la actitud de peticionar beneficios al Estado por la de cogestionar un proyecto complejo, con múltiples actores y objetivos a largo plazo en que parte significativa de los recursos deben obtenerse de la comunidad internacional.
La pobreza puede ser una desgracia y una injusticia, pero también un resultado. En una geografía pródiga y abundante; en una de las regiones más ricas en formas de vida del planeta que genera agua y aire puro a raudales, la pobreza no es una maldición bíblica sino un “producto”. La culpa no la tiene este gobierno, ni el anterior, ni el transanterios etcétera, sino el sistema cultural que impregna la lógica de todos ellos: el racionalismo desarrollista. En verdad si fuera admisible intelectualmente el simplismo reduccionista de atribuir todos los males a una sola causa; el neoliberalismo por ejemplo, yo la centraría en otro factor que, aun cuando no es único, sí lo creo categóricamente preponderante: las deficiencias de la educación. Pero esa es otra literatura...
En cualquier caso y cualquiera que fuese la óptica o la fundamentación ideológica, no se puede ignorar a la preservación de la naturaleza como condición necesaria y suficiente de cualquier género de política a largo plazo, de la cual fluye un profundo sentido didáctico al darnos ejemplos permanentes; paz, equilibrio, armonía, orden y belleza en libertad. La ecología es quizás la única política de estado existente: verificable en los predicamentos y los discursos y ausente en las acciones y los hechos. El nivel de compromiso con la preservación debería ser directamente proporcional al nivel de degradación del ambiente, pero la desproporción es asimétrica en detrimento de la madre naturaleza. Las imágenes satelitales son una prueba documental y física de este extremo.
Sin embargo, puede vislumbrarse en el corto y mediano plazo, un albor que quizás nos redima e impida dejarnos caer en otra forma de pobreza, que aunque menos prosaica no es menos abyecta: la pobreza de espíritu; una última esperanza: únicamente mediante la cooperación internacional podrá salvarse lo que queda de la selva misionera y todo lo que ella significa.
Rodolfo Roque Fessler
Ex Subsecretario de Ecología de la provincia de Misiones y docente universitario.
Nota publicada por el diario El
Territorio, de Posadas, Misiones.
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